lunes, 19 de enero de 2009

La Catedral que no tuvo Monterrey

La catedral que no tuvo Monterrey(La Ciudadela)
Por Ahmed Valtier
(20-May-2003).- El Norte
En la mañana del 26 de noviembre de 1794, la población de Monterrey, capital de la entonces provincia del Nuevo Reino de León, vivió un acontecimiento muy especial: la colocación de la primera piedra del proyecto para la nueva Catedral de la Ciudad. Desde muy temprana hora, el Dr. Andrés Ambrosio de Llanos y Valdés, tercer Obispo de la reciente diócesis establecida en Monterrey, procedió a bendecir la primera piedra. Aquella pieza constituía la primera loza que se colocaba fuera de los cimientos, que durante más de un año habían sido excavados. El primer bloque de sillar de la iglesia que habría de sustituir a la Parroquia de Monterrey como Catedral. Casi todo el pueblo, así como su "Ilustre Ayuntamiento", se dieron cita en aquel paraje, un "bello campo" situado como a mil 200 metros al norte de la ciudad, lugar escogido para la construcción. Después de un emotivo discurso del Obispo de Llanos y Valdés, el caballero Don Manuel de la Rigada, padrino de la obra, enterró un pergamino en el cual escrito en latín se daba oficialmente por comenzada la edificación de la iglesia. "Quedando de este modo enterrada para la posteridad", escribió un testigo. Sin embargo a pesar de toda esta ceremonia, en menos de tres años la construcción sería suspendida, y con el paso del tiempo completamente abandonada. La historia que concluyó con el más grande fracaso urbanístico en los 455 años de existencia de Monterrey, tuvo su génesis en 1792. Tras la muerte del segundo Obispo del Nuevo Reino de León, Fray José Verger, el Papa Pio VI designó al entonces canónigo de la Catedral de la Ciudad de México, Andrés Ambrosio de Llanos y Valdés, para ocupar el cargo vacante. Desde un principio, el Obispo de Llanos y Valdés visualizó grandes obras para su nueva diócesis. Su idea central era construir una gran catedral de estilo barroco, muy semejante a la de la Ciudad de México, de cerca de 85 metros de largo y 40 metros de ancho, dividida en tres naves. Una vez con la autorización de realizarla, él mismo elaboró los planos, los cuales fueron enviados al Virrey para contar con su aprobación final. Revisados en la Real Academia de San Carlos por el arquitecto español Antonio González Velázquez, el diseño fue rechazado, ya que según se declaró "era una mala copia" de la Catedral de México. Por orden del Virrey, el arquitecto González Velázquez trazó un nuevo plano para la Catedral, con un estilo más neoclásico, de moda entonces entre los maestros españoles. Se designó también al arquitecto Juan Crouset, de origen francés, para hacerse cargo de la obra. A finales de 1792, el nuevo Obispo de Llanos y Valdés llegó a Monterrey y en los siguientes 4 meses se dedicó a la búsqueda de un sitio ideal para la construcción de la Catedral. El 2 de abril del año siguiente, en un documento que aún se conserva en los Archivos Municipales, solicitó formalmente que se le otorgara un terreno ubicado al norte "como a mil 500 varas" a extramuros de la Ciudad para edificar la nueva catedral. Casi de inmediato se comenzaron los trabajos de excavación para los cimientos de la iglesia, y año y medio después, en noviembre de 1794, el primer sillar sobre la superficie fue bendecido y colocado. El proyecto del Obispo era más que ambicioso. Su plan consistía en construir no sólo la iglesia sino también sus oficinas, Colegio Seminario y Palacio Episcopal. Una verdadera visión urbanística para crear una nueva ciudad, repoblando la parte norte con casas, edificios públicos y plazas; y cuyo centro sería la nueva Catedral. El arquitecto Juan Crouset calculaba que para 1803 ó 1804 estaría concluida. Pero las dificultades pronto habrían de surgir. La creación de fuentes de trabajo y el fomento del comercio generados por las obras que impulsaba el Obispo, no sólo aumentaron su influencia, sino también los recelos con las autoridades civiles. En 1795 un nuevo Gobernador llegó, Don Simón Herrera y Leyva, quien no tardó en tener desavenencias con el Obispo. El reconocido historiador Gonzalitos asegura que el problema surgió cuando el Cabildo consideró excesivo el sueldo de 10 pesos diarios que cobraba el arquitecto Crouset. Sin embargo, es más probable que las dificultades realmente se dieron cuando el Gobernador comenzó a negar los terrenos para construir alrededor de la iglesia. Las contrariedades fueron en aumento y en más de una ocasión el Obispo de Llanos y Valdés amenazó abiertamente en mudar la Mitra a otra ciudad. Finalmente, el 12 de Junio de 1797 se presentó ante el Cabildo para anunciar que "solicitaría ante su Majestad" el traslado del Obispado a la Villa de Saltillo. Al día siguiente, el Gobernador Herrera y Leyva envió un informe al Virrey en el que acusaba al Obispo de no realizar la obra de acuerdo al plano aprobado por la Real Academia, además de que el trabajo iba con una lentitud que no correspondía al gasto que se estaba haciendo. El 17 de Junio el Obispo decide suspender definitivamente la construcción. Ordena al arquitecto Crouset quitar los andamios y tapiar las puertas, aunque le asegura que continuarán después de que regrese de un viaje a Saltillo. Pero la obra jamás volvió a ser reiniciada. En menos de tres años el Obispo Andrés de Llanos y Valdés moriría; y a pesar de que dejó en su testamento que todos sus bienes se utilizaran para reanudar la construcción, nadie lo llevó a cabo. Doce pilares y algunas paredes levantadas fue todo lo que quedó del proyecto para crear la nueva Catedral de Monterrey, que con los años se fueron desmoronando y desgastándose. Su ubicación al norte de la ciudad serviría para establecer ahí un fortín durante la invasión norteamericana de 1846, que a partir de entonces comenzó a ser llamada La Ciudadela. Durante el Gobierno de Santiago Vidaurri, los bloques comenzaron a ser retirados y su terreno fue vendido en partes.
Solo quedó un espacio en la esquina actual de la avenida Juárez y la calle Tapia. En 1940 se construyó un pequeño jardín conmemorativo, que posteriormente fue derrumbado y corresponde al área que ocupan hoy a la Biblioteca Pública Felipe Guerra Castro y al Teatro Calderón.
El autor es historiador

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