sábado, 1 de septiembre de 2012

SEPTIEMBRE DE 1846: FATIDICO ASALTO A MONTERREY




Por. Pablo Ramos
En el mes de SEPTIEMBRE la ciudad de Monterrey  se prepara para recordar acontecimientos históricos:



 12 de Septiembre: día del Batallon de san Patricio,13 de Septiembre dia de los Niños Héroes de Chapultepec, 20 de Septiembre, aniversario de la Fundacion de Monterrey y 21 de Septiembre DÍA DE LA BATALLA DE MONTERREY DE 1846, cada año la Ciudad se prepara para recordar esta heroica defensa ocurrida hace 166 años, donde heroísmo y valor fue puesto a prueba, sus habitantes resistieron el asalto a su tierra,en una revisión de los hechos el historiador Ahmed ,explica esta Batalla al publicar un articulo en la revista ATISBO  la cual que dio a conocer en el numero 4 un interesante articulo llamado ;
1846: HECATOMBE EN MONTERREY, esta  Batalla ,poco estudiada por los Historiadores Mexicanos y poco conocida por los Estadounidenses , veamos esta ivestigacion que  va dedicado en HONOR al papa de Ahmed Valtier quien murió el día 31 de Agosto del 2012, mis condolencias y oraciones para su familia.


Por: AHMED VALTIER: 


FATIDICO ASALTO A MONTERREY MARCHA HACIA LA BOCA DE LOS CAÑONES EL 21 DE SEPTIEMBRE DE 1846, DURANTE LA GUERRA ENTRE MEXICO Y ESTADOS UNIDOS EL EJERCITO NORTEAMERICANO LANZO UN ASALTO QUE PRETENDIA SER UNA MANIOBRA DE FINTA PERO ACABO TRANSFORMANDOSE EN UN ATAQUE DIRECTO SOBRE LAS BATERIAS MEXICANAS, DEBIDO A UNA MALA INTERPRETACION DE ORDENES.


 Trotando a paso lento por el empedrado de las calles, el Teniente Charles Hamilton, del ejército de los Estados Unidos, dirigió su caballo hacia los suburbios de Monterrey. Como parte de las fuerzas de ocupación del General Zachary Taylor, el Teniente Hamilton aprovechó aquella tranquila y asoleada tarde de principios de Octubre de 1846, para visitar el extremo oriente de la ciudad. Recorrer los sitios de la Batalla de Monterrey se había convertido en uno de los paseos preferidos por los norteamericanos; sobre todo para los soldados, que como él, había participado en los combates en el lado opuesto de la ciudad. A medida que se fue alejando de la plaza principal e internando por una serie de calles y caminos angostos, la escena de ruina y destrucción comenzó a hacerse evidente. El pavimento se encontraba hecho pedazos, mientras que escombros y árboles derribados se veían por todas partes. Las paredes de muchas casas lucían espesamente marcadas por los disparos de mosquetes, e incluso las rejas de algunos balcones estaban torcidas o desgarradas por el impacto o el paso de las balas de cañón.
http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=530968&page=3 A los lados de las calles montículos de tierra señalaban el sitio en donde algún soldado había caído durante el combate, y ahora era su improvisada sepultura. Hamilton sintió un vuelco en el corazón al ver aquellos cúmulos dispersos por el camino que difícilmente podían ser llamados tumbas. Triste destino para muchos de sus compañeros y amigos que habían sido masacrados en aquel lugar.

GRAVES FALLAS
 Durante 5 días de Septiembre de 1846, Monterrey había sido atacado por las tropas yanquis, en una de las primeras batallas de la guerra entre México y los Estados Unidos. Pero a pesar del exitoso triunfo que la prensa de Washington y Nueva Orleáns había proclamado; casi inmediatamente después de concluida la batalla una atmósfera de crítica y disgusto se percibió en el ejército norteamericano, principalmente en el cuerpo de oficiales, de que las cosas no había resultado como se esperaban, ni que eran realmente lo que aparentaban. La gran victoria de Taylor sobre el ejército mexicano, no parecía ni tan gloriosa ni tan brillante, más bien, daba la impresión de que se habían cometido graves fallas. Para asaltar la ciudad, Taylor, un rudo militar de 61 años, de piernas cortas y tórax ancho que había pasado la mayor parte de su vida en el ejército, dividió peligrosamente sus fuerzas en dos. La columna más chica, al mando del general William J. Worth, avanzó por el poniente para cortar el camino a Saltillo, la principal vía de acceso a Monterrey; mientras Taylor, con la mayor parte de sus tropas, atacó por el Norte y el Oriente de la ciudad. Sin embargo la batalla fue más prolongada, y sobre todo más encarnizada de lo estimado. Monterrey demostró ser una plaza extremadamente fortificada para ser atacada; al menos en forma directa como lo realizó Taylor en el lado Oriente. Su columna había sufrido casi todo el peso de las bajas. De acuerdo a un periodista de Nueva Orleáns que viajaba con las tropas: “Cerca de cuatro quintas partes de las pérdidas en el lado americano ocurrieron en el atrevido y obstinado asalto en el extremo oriente de Monterrey, en el primer día de la contienda”. Esta desproporción en el número de bajas entre las dos columnas generó una impresión, sobre todo entre los soldados que participaron en el ataque por el Oriente, de que las vidas de muchos hombres habían sido sacrificadas de forma imprudente. El coronel William B. Campbell, cuyo regimiento había sufrido más que cualquier otro en el asalto del 21 de Septiembre, comentó con un claro tono de inconformidad a su esposa: “Siento que poco liderazgo ha sido desplegado en el sacrificio de mi pobre regimiento; y aun no se quién es culpable de ello”. La responsabilidad cayó por supuesto en el comandante general del ejército, el “Viejo rudo y listo”, como era llamado Taylor familiarmente por sus tropas. Frank Cheatham, capitán de una compañía de voluntarios del Regimiento de Tennessee, escribió una carta desde Monterrey a su hermana en Nashville: “Considero que el viejo Taylor cometió uno de los más grandes disparates a los que jamás antes un general fue culpado: el de venir aquí a atacar una de las plazas más fuertes de México”. “Debería ser ahorcado” –anoto exaltado en su diario el cirujano Madison Mills del 3° Regimiento de Infantería, refiriéndose evidentemente Taylor- “por cargar sobre las baterías de la parte baja del la ciudad. No tenía ningún sentido haberlo hecho”. Un oficial relataría que después de la batalla, varios habitantes de la ciudad que habían presenciado el ataque por el Oriente, se acercaron a él deseando saber “de donde proveníamos y que clase de gente éramos, ya que dicen que somos la primera gente que hayan visto marchar directo hacia la boca de los cañones”. Aunque el disgusto por la forma en que habían sido llevadas las operaciones en el lado oriente era “universal”, tal y como lo expresó un soldado, muchos oficiales comprendían que no toda la culpa podía ser atribuida a Taylor, e intuían que algo más había pasado. Quizás una falla en la cadena de mando, o como el joven teniente Edmund Kirby-Smith lo refirió en una carta: “Creo que un gran error fue hecho en alguna parte”.

LA CAMPAÑA A MONTERREY

Con el inicio de la guerra entre México y los Estados Unidos en Mayo de 1846, tras las batallas de Palo Alto y Resaca de Guerrero en la margen norte del Rió Bravo, y la posterior evacuación del ejército mexicano de Matamoros; Monterrey se convirtió en el objetivo evidente de los planes norteamericanos para la ocupación del norte de México. Durante los siguientes 4 meses los yanquis permanecieron estacionado en una serie de campamentos extendidos a lo largo del Rió Bravo, desde Matamoros hasta Mier, preparándose y recibiendo refuerzos para lo que algunos comenzaban a llamar: la Campaña a Monterrey. Debido a los problemas logísticos, el general Zachary Taylor decidió avanzar con solo 6,250 hombres y 19 piezas de artillería, casi todos cañones ligeros, ya que eran más fáciles de transportar. Taylor organizó sus fuerzas en tres divisiones. Dos de ellas integradas por tropas regulares, y una más con soldados voluntarios. Estos últimos recién reclutados principalmente en los estados del sur. El sábado 19 de Septiembre el ejército invasor llegó a la planicie que se extendía frente Monterrey, y casi de inmediato los cañones mexicanos de grueso calibre ubicados en la Ciudadela comenzaron hacer fuego, mandando un claro mensaje de que la ciudad, lejos de ser evacuada como Matamoros, sería decididamente defendida. Comprendiendo que una gran batalla se encontraba ante ellos, los norteamericanos se replegaron a unos 5 kilómetros de distancia, al bosque de Santo Domingo, también llamado El Nogalar, en donde comenzaron a levantar sus campamentos. El cuerpo de ingenieros militares iniciaron sus tareas de exploración y para el obscurecer las patrullas de reconocimiento se encontraban de regreso con sus observaciones y reportes. Al día siguiente, después de una junta entre los comandantes del ejército en la tienda del general Taylor, se decidió que la 2° División del general Worth cruzaría los campos y sembradíos al poniente, para tratar de circundar la ciudad y alcanzar el camino a Saltillo. Su tarea sería la de cortar la principal vía de refuerzos y suministros a Monterrey. Dos mil hombres partieron alrededor del mediodía para realizar esta arriesgada misión.
Mientras tanto, el general Taylor con el resto de su ejército intentaría crear alguna acción de distracción ante la ciudad, para engañar a las fuerzas mexicanas y alejar su atención de los movimientos de Worth. Con ese propósito, por la tarde, un mortero de 10 pulgadas, el único cañón de grueso calibre en el arsenal norteamericano, comenzó a ser plantado en una hondonada frente a la ciudad, a unos 1200 metros del fuerte de la Ciudadela. Trabajo que no concluyó hasta ser totalmente instalado, incluso a pesar de las dificultades que acarreo esta tarea, cuando un ligero aguacero que cayó sobre la planicie. Para el obscurecer una solemne quietud prevalecía sobre Monterrey y sus alrededores. En su campamento en el El Nogalar, las tropas estadounidenses presentían que aquella noche era la víspera de la batalla, ya que sabían que en la mañana siguiente la División de Worth alcanzaría el camino a Saltillo. “Me siento tan calmado y tranquilo como si estuviera en la Casa Astor...” escribió el Mayor Philp Barbour del 3° Regimiento de Infantería en su diario personal, sin imaginar que aquellas serían sus últimas notas.

EL ATAQUE

Desde muy temprana hora del lunes 21 de Septiembre, la expectativa por el combate concluyó. El ejército norteamericano apenas había desayunado cuando los tambores comenzaron a llamar “a las armas”, y rápidamente los regimientos fueron formados. A la distancia el estallido de los cañones mexicanos ubicados en la loma del Obispado, anunciaban que Worth estaba ya en acción en el otro extremo de la ciudad. Sin mayor dilación, Taylor ordenó que su 1° División partiera de inmediato y se desplegara en la llanura frente a la ciudad en espera de nuevas instrucciones. La orden fue obedecida con prontitud y la columna abandonó su campamento en El Nogalar. Originalmente al mando del general David E. Twiggs, la 1° División estaba compuesta por los regimientos 1° y 3° de Infantería, y el Batallón de Baltimore-Washington. La otra unidad que conformaba la División, el 4° Regimiento de Infantería, se encontraba separada de la fuerza, asignada a proteger el mortero en la hondonada. Sin embargo aquella mañana, el general Twiggs no pudo acompañar a sus tropas ni salir del campamento, debido a una dosis excesiva de purgante que había tomado la noche anterior, en la creencia de que los intestinos vacíos eran menos vulnerables para el caso de una herida de bala en el abdomen. En su lugar, el teniente coronel John Garland, jefe del 4° de Infantería, comandaba la División. A medida que la columna se fue acercando a la planicie, el estruendo de los cañones comenzó a escucharse con mayor intensidad. En la hondonada el mortero y una batería de cañones ligeros, que también ya había sido instalada ahí, se encontraban en un duelo cerrado de artillería con la Ciudadela. El teniente coronel Garland colocó sus hombres en una posición segura, junto a unos maizales a bastante distancia a la izquierda de la hondonada, y aguardó por sus órdenes. Un soldado escribió: “Era entendido que el general Taylor no mediaba entonces por un serio asalto, sino deseaba hacer una fuerte diversión sobre el centro y la izquierda de la ciudad, a favor del distante Worth”. No muy lejos de ahí, en un punto más avanzado, el Mayor Joseph Mansfield, jefe de ingenieros del ejército norteamericano realizaba sus observaciones sobre la ciudad. De 43 años y graduado como segundo en su clase de la Academia de Militar de West Point en 1822, Mansfield vislumbraba sobre su izquierda un importante fuerte con troneras o aberturas para varios cañones, que dominaba el extremo oriente de Monterrey, y que era conocido por los mexicanos como el fortín de Las Tenerías. Repentinamente un mensajero a caballo llegó hasta él. Era una orden del general Taylor para que realizara un “reconocimiento cercano” a las baterías del enemigo, y si acaso él veía la posibilidad de capturar alguno de los reductos, sería apoyado por la Brigada de Garland. “Esa orden fue inesperada para mi” –relataría después el Mayor Mansfield- “ya que no contaba con el apoyo inmediato de mi asistente el teniente Scarritt; pero el capitán Williams y el teniente Pope, de los ingenieros topográficos, fueron colocados bajo mis órdenes”. Mientras tanto Taylor se encontraba ya sobre el campo con la otra parte de su fuerza, la División de Voluntarios del General William O. Butler, la cual fue colocada justo detrás de la hondonada. Más que el comandante general de un ejército sobre el campo de batalla, Taylor parecía esa mañana un campesino, ya que no vestía su uniforme y portaba un enorme sombrero de paja. Cabalgando en su caballo “Old Withney” y acompañado por los miembros de su staff, se dirigió hacia el Teniente Coronel John Garland para darle sus instrucciones. Rápido y en forma verbal, según algunos testigos, el general ordenó que protegiera el reconocimiento que estaban haciendo los ingenieros, y si era practicable atacar algunas de las baterías que estaban sobre la izquierda, “mejor hágalo”. Después, señalando al frente indicó: “Pero consulte con el Mayor Mansfield, usted lo encontrará por allá”. La orden era confusa y el objetivo bastante incierto, sobre todo por que no indicaba cuales eran las intenciones de Taylor. Si aquello era solo una finta o un ataque en forma sobre la ciudad. Garland, de 54 años y quien no tenía el privilegio de llevar un anillo de graduado de West Point, debió haber sentido una gran peso sobre sus hombros, ya que literalmente le dejaban a él y a un oficial de ingenieros, la responsabilidad de la batalla. Momentos después uno de los ingenieros topográficos, el teniente Pope, se presentó solicitando una compañía para escoltar los reconocimientos. Con la protección de menos de 40 hombres, el mayor Mansfield comenzó a acercarse a la ciudad. Dos veces se detuvo para observar con su telescopio. A pesar de los árboles y cercas que ocultaban parcialmente el panorama, el reducto a su izquierda en el extremo oriente de la ciudad era bastante visible. Concibiendo la idea de tratar de alcanzar a los suburbios más hacia la derecha, y atacar por la retaguardia el fuerte, el jefe de ingenieros continuó su avance. “Para mi sorpresa, fuimos permitidos acercarnos a una calle y entrar completamente a los suburbios sin ser disparados” –narró en una carta Mansfield- “Viendo la factibilidad de cubrirnos en las casas hechas de piedra y de llegar al reducto por la retaguardia, yo mandé decir al Coronel Garland ‘Adelante’ ”. Extendidos en una larga línea de ataque, la Brigada de Garland se puso en movimiento. El 3° Regimiento, compuesto por 240 hombres, se colocó a la derecha; el 1° de Infantería al centro con 162 soldados; y el Batallón de Baltimore-Washington a la izquierda, con 239 bayonetas. En total 641 norteamericanos desplegados en línea hombro con hombro avanzaron sobre la planicie. Pero casi de inmediato se vieron envueltos en un fuego cruzado que les hacían desde la Ciudadela y La Tenería. “El primer tiro golpeó inmediatamente en frente de nuestra línea y rebotó pasando sobre nuestras cabezas” escribió un oficial. Las bajas comenzaron a aparecer. Una bala de cañón, disparada desde la Ciudadela, arranco el pié de un joven teniente del 1° de Infantería, y a su pasó mató al soldado de al lado. “Hasta el más tonto soldado de la brigada, sintió que habíamos dado un falso y fatal paso”, afirmó otro oficial. Las bajas aumentaron a medida que la artillería mexicana corregía su puntería. El Coronel Garland ordenó acelerar el paso, para tratar de cruzar el campo abierto y llegar a los suburbios en busca de refugio. Pero sin imaginarlo, la situación se pondría aun peor. “Esto solo nos llevó a colocarnos dentro del alcance de los mosquetes y pronto nos encontramos en calles estrechas, en donde recibimos el más destructivo fuego de todas direcciones”- relató Garland. Desde los techos, desde las ventanas, desde aspilleras abiertas en los muros de las casas o barricadas que atravesaban las calles, los disparos de rifles y mosquetes de los defensores mexicanos se concentraron sobre los invasores.
El mayor Philp Barbour cayó atravesado por una bala de escopeta en el pecho y el capitán Williams, de los ingenieros topográficos, con una herida fatal en la cabeza. El coronel Watson, comandante del Batallón de Baltimore-Washington fue alcanzado mortalmente en el cuello por un francotirador, e incluso el mayor Mansfield resultó herido en una pierna. Una batería de artillería ligera logró cruzar la planicie y llegar a galope hasta las angostas calles, pero como el mismo Garland escribió: “Después de varios disparos, viendo que poco daño estaba causando sobre las barricadas, ordené al capitán que retirara su batería a un lugar más seguro”. Sin mapas y extraviados en un laberinto de calles, los regimientos se separaron y el ataque perdió cohesión. “La naturaleza del terreno era tal, que el orden se rompió” declararía después el coronel Henry Wilson del 1° de Infantería. Lejos de llegar a la retaguardia de La Tenería, los invasores se toparon con una serie de fortines y reductos, de cuya existencia no tenían más mínima idea. El conflicto se generalizó por todas las calles con regimientos y compañías luchando cada una por su cuenta. “Todo fue confusión”, afirmó un oficial. Forzado a auxiliar a sus tropas atrapadas en un combate urbano, el general Taylor envió la División de Voluntarios para apoyar el ataque y más bajas se sumaron al conflicto. Al final del día, aun a pesar de que los voluntarios de Mississippi y Tenneessee lograron tomar el fortín de la Tenería, resultó evidente que el ataque en el lado oriente había sido un fracaso. El General Worth, que esa misma mañana había logrado bloquear exitosamente el camino a Saltillo en el extremo poniente con mínimas pérdidas, comentó en una carta privada al enterarse de los detalles: “La 1° División y los Voluntarios fueron llevado hacia la acción sin orden, dirección, apoyo o mando; de hecho, un asesinato”. Por la noche, Taylor se retiró maltrecho con sus dos divisiones al campamento de El Nogalar,


dejando solo un destacamento en el fortín que habían tomado. Por desgracia el jefe del ejército mexicano, el general Pedro de Ampudia, no supo capitalizar para su beneficio aquel desgastante y sangriento combate sufrido por los norteamericanos. La batalla continuaría en los siguientes días y Ampudia acabaría capitulando la ciudad a las tropas invasoras. Sin proponérselo Garland y el mayor Mansfield habían comprometido su ejército a un súbito y fatal asalto sobre la ciudad, del que tal vez ni el propio comandante en jefe lo había planeado. Aunque el Taylor nunca se expresó abiertamente sobre este hecho; después de la batalla entre los numerosos ascensos y promociones que se otorgaron a oficiales por su conducta en el combate, Garland no fue recomendado, lo cual sin duda representó una censura implícita. En el mal logrado ataque sobre Monterrey del 21 de Septiembre de 1846, el general Zachary Taylor había experimentado sin duda uno de los peores días de su vida, y un total de pérdidas, entre muertos y heridos, de 394 bajas.

FUENTE:
Revista ATISBO. Una mirada a la historia. mailto:revista@atisbo.net Septiembre/Octubre de 2006.

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PLAZA HISTORICA DE LA BATALLA DE MONTERREY DE 1846, PASEO SANTA LUCIA Y TORRE ADMINISTRATIVA



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